La política suele construirse sobre dos dimensiones distintas de la realidad. La primera es la coyuntura: los acontecimientos diarios que ocupan titulares, alimentan el debate público y marcan el ritmo de las redes sociales. La segunda es la estructura: aquellos procesos económicos, sociales e institucionales que se construyen durante años y que, en última instancia, determinan el rumbo de una ciudad.
Ese es, precisamente, el paradigma que hoy enfrenta Mazatlán: decidir si su realidad debe interpretarse desde los acontecimientos del día o desde los procesos de largo plazo que definen su competitividad. Confundir ambas dimensiones conduce, con frecuencia, a diagnósticos incompletos.
En los últimos meses se ha intensificado el discurso opositor en Mazatlán. Privilegiando una narrativa centrada en la inseguridad, las deficiencias en algunos servicios públicos y otros acontecimientos propios de la coyuntura. Son temas legítimos, porque constituyen responsabilidades ineludibles de cualquier gobierno y demandan atención inmediata.
Sin embargo, cuando una ciudad pretende evaluarse únicamente desde la coyuntura, se corre el riesgo de perder de vista los indicadores estructurales que explican su verdadero desempeño.
Precisamente, por eso resulta interesante los resultados del Estudio: Índice de Competitividad Urbana 2026, elaborado por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).
Este diagnóstico elaborado por un organismo independiente, reconocido por su rigor metodológico y que, ciertamente, no puede ser considerado un aliado político del gobierno federal ni de Morena. Su evaluación, por ello, adquiere una relevancia especial.
El estudio ubica a Mazatlán como la ciudad más competitiva de Sinaloa y entre las mejor evaluadas del país en su categoría poblacional. Destaca fortalezas que difícilmente pueden explicarse por los resultados catastróficos que la oposición endilga a los gobiernos de MORENA; ya que una economía dinámica impulsada por el turismo, altos niveles de ocupación hotelera, un mercado laboral competitivo, una infraestructura favorable para el desarrollo económico y condiciones que continúan atrayendo inversión, no puedes adjudicarse solo a la “casualidad” y a los “milagros” del mercado.
Estos son indicadores estructurales. Son el resultado de políticas públicas, acciones e inversiones gubernamentales que fomentan las inversiones privadas; generando confianza empresarial, capacidad institucional y gubernamental. Y una vocación turística construida durante décadas por su vocación natural: las playas.
Pero el propio IMCO también identifica desafíos que no deben minimizarse: la seguridad pública, el fortalecimiento del Estado de Derecho, la sostenibilidad ambiental y la mejora de la gobernanza. Es decir, el informe no idealiza a Mazatlán ni oculta sus problemas; por el contrario, los documenta con la misma objetividad con la que reconoce sus fortalezas.
Ahí radica la diferencia entre el análisis técnico y el discurso político.
Mientras el primero ofrece una visión integral, el segundo suele privilegiar aquellos aspectos que fortalecen su narrativa. Es una lógica comprensible en democracia: el gobierno enfatiza los avances; la oposición pone el acento en las deficiencias. Ambas perspectivas cumplen una función dentro del debate público. No obstante, reducir la realidad de una ciudad únicamente a los acontecimientos del día puede conducir a una percepción distorsionada de su situación.
La verdadera discusión debería plantearse en otro nivel: ¿cómo resolver los problemas coyunturales sin debilitar las fortalezas estructurales que hoy distinguen a Mazatlán?
Porque una ciudad competitiva no es aquella que carece de problemas. Es aquella que posee la capacidad institucional, económica y social para enfrentarlos sin comprometer su desarrollo de largo plazo.
Mazatlán tiene retos importantes. Nadie puede negarlos. Pero también cuenta con fortalezas objetivamente reconocidas por organismos independientes. Ignorar cualquiera de estas dos realidades sería un error.
En política, como en la administración pública, gobernar exige atender la coyuntura; pero construir el futuro demanda fortalecer la estructura.
Quizá ese sea el verdadero desafío de quienes hoy gobiernan y de quienes aspiran legítimamente a hacerlo. Debatir menos sobre la ciudad catastrófica que hoy conviene narrar a la oposición; y trabajar más por la ciudad que los indicadores muestran que hoy, a pesar de todo. sigue teniendo un gran potencial.
¡Eh ahí el dilema, pero también la opción!
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